Hay un cartel que se repite en las vidrieras de la Argentina con una frecuencia que asusta: "Gracias por estos años". A veces viene acompañado de un agradecimiento breve, casi pudoroso. Otras veces, el silencio de una persiana que baja por última vez. Detrás de ese cartel hay siempre una historia: años de esfuerzo, deudas que se fueron acumulando, noches de planillas que no cerraban, y la decisión más difícil que puede tomar alguien que eligió apostar por sí mismo.
Lo que no debería haber detrás de ese cartel es lo que muchas veces encontramos hoy en los comentarios de las redes sociales.
"Se lo merecía por votar a tal". "No supo adaptarse". "Si cerrás es porque no sabés administrar". "El país va bien, el problema es tuyo". Las palabras cambian, el veneno es siempre el mismo.
Mi certeza es que hemos confundido tener una opinión política con tener el derecho de deshumanizar al que sufre.
Argentina atraviesa una crisis de consumo real y profunda. Los números lo dicen, pero sobre todo lo dicen las caras, y las calles: los locales vacíos en los centros comerciales, los mercados que reducen personal, las fábricas que cierran, los emprendedores que intentaron sostenerse y no pudieron. No es una percepción, no es un relato: es lo que ocurre cuando el poder adquisitivo cae y la gente deja de comprar lo básico, porque no le alcanza.
Sin embargo, algo perturbador sucede en ese momento de quiebre. En lugar de una respuesta humana —que podría ser tan simple como decir "qué lástima", "cuánto sacrificio tirado", "ojalá puedas rearmarte"— lo que aparece , nuevo y frecuentemente, es el juicio. Frío. Rápido. Con total seguridad.
La ideología se convierte en una llave maestra para invalidar el dolor ajeno. Si el dueño del negocio que cierra votó "al lado equivocado", entonces su fracaso es una consecuencia justa, casi pedagógica. Si no votó de ningún lado, entonces seguramente no supo gestionar. Y si alguien se atreve a decir que las cosas no están bien, aparece el coro que insiste en que todo va fenómeno, que los datos demuestran el éxito, que quien no lo ve es porque tiene algún interés en no verlo.
Esta es la nueva crueldad argentina: la que viene disfrazada de convicción.
La empatía no es ideológica. O al menos no debería serlo. La capacidad de ponerse en el lugar del otro, de reconocer que hay una persona real detrás de cada historia de fracaso, no tiene ni debería tener color político. La tristeza , la incertidumbre, “la reinvención”.
Una persiana que baja representa años de vida de alguien. Representa a veces la ilusión de toda una familia. Eso no cambia dependiendo de a quién haya votado ese alguien.
Pero hemos llegado a un punto en que la tribu política funciona como un filtro moral absoluto. Antes de decidir si algo merece compasión, primero verificamos de qué lado está. Y si está del lado equivocado —el nuestro equivocado, el que definimos nosotros desde la comodidad del juicio— entonces el dolor se vuelve merecido. Incluso satisfactorio.
Esto no es una discusión nueva en la historia argentina. La grieta tiene años, tiene generaciones, tiene capas. Pero hay algo que sí parece relativamente nuevo: la velocidad y la ligereza con la que se ejerce esa crueldad. La naturalidad con la que alguien puede escribir "se lo buscó" bajo la foto de un local cerrado y seguir scrolleando sin sentir nada.
La negación. El mecanismo por el cual, cuando alguien comparte su experiencia de cierre, de caída de ventas, de imposibilidad de pagar sueldos o alquileres, incluso alimentos, aparece alguien para decirle que exagera. Que la economía está bien. Que los indicadores mejoran. Que si a él le va mal, el problema es suyo y no del contexto. Record de familias endeudadas para comprar comida, lo contradicen.
Este ejercicio de negar la realidad ajena en nombre de una narrativa que hay que defender a cualquier costo es, quizás, la forma más sofisticada de violencia simbólica que circula hoy en Argentina. Porque no solo desestima el dolor: lo convierte en mentira. Le dice al que sufre que lo que siente no existe, que lo que vive es una ilusión o una operación.
Nadie debería tener que justificar su crisis. Nadie debería tener que demostrar que realmente está mal para merecer ser escuchado sin que le lluevan los comentarios de quienes necesitan que todo esté bien para que su visión del mundo no se resquebraje. Cuanto tendría que soportar para que se justifique su queja?
Qué país estamos construyendo
Hay una pregunta que vale la pena hacerse con honestidad: ¿qué tipo de comunidad queremos ser? No en abstracto, no en los discursos de ocasión, sino en lo concreto y cotidiano. En el comentario que elegimos escribir o no escribir. En la forma en que reaccionamos frente al dolor del otro. En si somos capaces de separar nuestras convicciones políticas de nuestra humanidad básica.
Porque una sociedad que solo tiene compasión para los suyos no tiene compasión: tiene lealtad tribal. Y la lealtad tribal, como la historia argentina conoce bien, no construye nada que dure. Solo profundiza las heridas.
Los negocios que cierran hoy son personas. Son proyectos de vida. Son riesgos que alguien tomó en un país que siempre hizo muy difícil el camino del que decide apostar. Merecen, como mínimo, el silencio respetuoso de quien no tiene nada constructivo que agregar. Y merecen, en el mejor de los casos, algo de lo que parece haberse vuelto escaso y valioso: el simple reconocimiento de que lo que les pasa es real, que es duro, y que importa.
El país que queremos empieza por ahí. No en las grandes decisiones que toman otros, sino en la pequeña decisión que tomamos nosotros cada vez que alguien comparte su dolor y elegimos qué hacer con eso. Si lo usamos como munición, o si, por una vez, simplemente lo recibimos como lo que es: la historia de alguien que lo intentó.
Maga B. es perito televisiva, politóloga autodidacta,ex profesora y empresaria. Actual librera argentina. Madre y vasca.
En un país donde la política nunca para, aprendió a entenderla y a traducirla para la gente común.
Estudia Comunicación y Psicología Humanística porque cree que entender cómo pensamos es tan urgente como entender cómo nos gobiernan.