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Así explicaba el propio Ernesto Sábato por qué había elegido como morada ese barrio que lo vio consolidarse en su oficio, al transmutar de la ciencia a la literatura. Desde donde produjo todos sus libros y donde crecieron sus dos hijos: Jorge y Mario. Lo hizo a pedido de sus orgullosos vecinos, y de la manera en que nadie podría explicarlo mejor: en tinta y papel.
Hoy, el gran escritor sabe que, en esa búsqueda de tranquilidad y armonía, no equivocó su elección, porque Santos Lugares hace honor a su nombre. Y en esa cuadra de la calle Severino Langeri reina la calma, interrumpida sólo por el paso ocasional de algún vehículo, o por el del tren de la línea San Martín, cuyas vías se extienden a cien metros de su hogar.
Allí vive él. En una casa que data de principios del siglo pasado, algo maltratada por el paso del tiempo, rodeada de enredaderas, un sauce y un álamo que ocultan la mayor parte de la fachada. Allí se refugia él, con sus 98 años recién cumplidos, sin salir a la calle desde el 2006, según coinciden sus vecinos más cercanos, a causa de su delicado estado de salud.
Esa ausencia del habitante ilustre hace que salgan a la luz historias, recuerdos y especulaciones. Y el hombre se convierte así en mito viviente, aún para aquellos que antes lo frecuentaban a diario.
Pero no siempre fue así. Los lugareños se acuerdan de aquellos tiempos en los que Sábato disfrutaba de pasear por su barrio, y caminaba hasta la estación para tomar el tren. O cuando, cada 24 de junio, la cuadra se convertía en un desfile de personalidades del espectáculo y la política como China Zorrilla, Ludovica Squirru, Estela de Carlotto, Fernando de La Rúa o Magdalena Ruiz Guiñazu, que iban a saludarlo por su cumpleaños. Y después se cruzaba al Club Defensores de Santos Lugares, frente a su casa, para recibir las felicitaciones de amigos y vecinos.
Viajes literarios
Uno de los que nunca faltaba a esas celebraciones era Juan Carlos Concone, actual protesorero de Defensores, que conoce al escritor hace 25 años y fue su remisero personal desde 1996 hasta 2004. Él fue testigo de los largos paseos de Sábato por la Ciudad de Buenos Aires, cuando iba a caminar por el Centro, por Recoleta, o se juntaba a charlar con amigos en Café de la Paz, en Corrientes y Montevideo.
“Durante los viajes, Don Ernesto me contaba experiencias de la vida, lo que pensaba del país y del mundo. Gracias a él yo aprendí a pensar y analizar muchas cosas”, confiesa Concone, que en sus primeros tiempos como remisero conducía un Renault 12 modelo ’95, muy maltratado.
“Una vez, en la época que Fernando De La Rúa era Jefe de Gobierno, fuimos a inaugurar un centro cultural en Villa Lugano. La comitiva del Gobierno de la Ciudad llegó con unos coches impresionantes, y no podían creer que Sábato llegara en un Renault 12 que era una batata. Pero él nunca se quejó”, cuenta entre risas, al tiempo que recuerda que, a causa de su perfeccionismo e impaciencia, el autor “odiaba los semáforos”, porque las luces rojas retrasaban su llegada a destino.
Entre viaje y viaje, Juan Carlos pudo conocer el otro lado de esa personalidad reservada y de gran carácter. “Mil veces en los semáforos la gente lo reconocía y se bajaban del auto para pedirle autógrafos, y él nunca se negaba – revela –. Cuando se prendía era un tipo divino”.
Detrás de los muros
“Antes se lo veía sacar al perro. Se dice que le puso Roque, como su segundo nombre, porque lo odia”, cuenta el Vicepresidente de Defensores, Juan Carlos Perera. “Acá viene gente de Colombia, República Dominicana, Cuba o España a tocarle el timbre para saludarlo, pero hay veces que ni contestan y otras salen y dicen que no puede recibir a nadie.”
Perera y su tocayo conocen a Sábato de cerca. Coinciden en que es una persona especial. Cada 1º de mayo cruzaba al club y compartía un asado con los socios. El contacto, sin embargo, no era muy a menudo. Mientras que Matilde, su primera esposa, llevaba a Mario y Jorge a jugar al básquet, Ernesto llamaba a la policía para quejarse por los ruidos que provenían del club en los clásicos bailes de carnaval.
Cuenta Perera que un día Sábato estaba esperando el tren para ir a Palermo, y el padre del dirigente peronista Lorenzo Pepe, que tenía ahí un puesto de diarios, le preguntó por qué hablaba mal del General Perón. Y él le respondió: “¿cómo puede ser que un presidente que habla de los obreros ponga presos a los obreros que no piensan como él?”. “Sábato era comunista y defendía mucho los ideales de la libertad. Para él la libertad de opinión era sagrada”.
“Un día apareció el príncipe de España, a tocarle la puerta esperándolo con una bolsa de tortitas negras. Él es un loco de esas facturas, como yo”, cuenta Perera después de lanzar una carcajada. “Y De la Rúa hizo lo mismo”.
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