Los manicomios existen desde tiempos inmemoriales. Siempre fueron lugares oscuros donde eran depositados, y hasta encadenados, los mal llamados “enfermos mentales”. Poco tiempo atrás, recién a principios del siglo XIX se les comenzó a brindar asistencia en instituciones específicas. En nuestro país el pionero fue el doctor Domingo Cabred quién ideó un centro asistencial distinto a los que hasta ese momento existían. En contraposición a los hospitales con condiciones similares a cárceles, planteó una colonia donde los pacientes podían vivir, convivir y trabajar con su enfermedad.
Cabred propuso un asentamiento aislado donde imperara el concepto de “puertas abiertas”, de allí el nombre de la región y el pueblo aledaño, Open Door, ya que los internos podían dejar el lugar o bien recorrer las 600 hectáreas del complejo libremente. Nacía la Colonia Nacional de Alienados.
Los trabajos en el terreno y las primeras construcciones comenzaron en el 1900 y fue inaugurado en 1915, con 60 pacientes derivados desde el hospital Borda y del hospicio de las Mercedes. El primer paciente que ingresó era alcohólico. El hospicio alcanzó su plenitud en la década del 50, cuando alojó alrededor de 5600 personas.
La colonia era autosuficiente. Es decir, generaba todo lo necesario para la subsistencia de sus internos. Contaba con una usina termoeléctrica para el suministro de energía, una planta potabilizadora de agua, vacas, tambo, chanchos, quintas con verduras y hortalizas, además campos sembrados con cereales.
Todo lo que necesitaban los pacientes se confeccionaban en el lugar. Había fábrica de ladrillos, alfarería que abastecía de caños y vajilla, fábrica de muebles, talleres de costura y de zapatos que proveían de cuatro mudas de ropa al año para cada interno.
En todos los talleres trabajaban pacientes, como parte de los tratamientos de las enfermedades, se los asignaba a distintas tareas bajo la supervisión de capataces. La mayoría de estos capataces eran inmigrantes españoles e italianos que se instalaron en las periferias del neuropsiquiátrico dando origen al pueblo de Open Door.
Los internos eran alojados en 15 pabellones de ladrillo y tejas, sólidos e inmensos. Aún hoy, 100 años después, siguen albergando a los pacientes. Allí además se cubrían todas sus necesidades sanitarias y medicas, había cirugía, odontología y clínica médica. Tenían todo lo necesario en esta mini ciudad.
Cabred puso en marcha el método escocés de Open Door, nunca implementado en nuestro país hasta ese momento. Este concepto era algo ambiguo en la colonia ya que se encontraba lo suficientemente aislada de la urbe como para que sea una travesía difícil salir de ese lugar. Estaba a más de diez kilómetros del pueblo más cercano, Luján, y a 70 de Buenos Aires desde donde llegaban los trenes con pacientes y familiares. Con este tránsito nació la estación ferroviaria Open Door y un particular trencito de trocha angosta y coches abiertos que unía la colonia con la cercana estación, para que los fines de semana los familiares visiten a los internos.
Respondiendo a esta misma idea, los parques de la colonia fueron diseñados para convertirlos en un paisaje placentero que invitara a los familiares a visitar a los pacientes, parte necesaria de los tratamientos de compensación.
Así, a lo largo del parque, diseñado por el paisajista Carlos Thays, el mismo que diseñó el Jardín Botánico de Buenos Aires, aún hoy, se pueden encontrar estatuas, pérgolas rectas y redondas, jardines de flores y árboles decorativos. Tambien supo contar con lago artificial, una pequeña isla a la que se accedía por un puente y hermosos cisnes.
Pero este lugar distinto y especial donde los pacientes psiquiátricos podían recibir un tratamiento diferente al brindado en los demás neuropsiquiátricos, fue poco a poco perdiendo su grandeza, a lo largo de sus casi 100 años de vida los gobiernos se sucedieron y así también las administraciones de la colonia y las políticas que allí se implementaron.
Hoy en el renombrado Hospital Interzonal Psiquiátrico Colonia Dr. Domingo Cabred se respira la nostalgia del esplendor perdido, por sus calles y pabellones sus pacientes continúan caminando libremente pero la colonia ya no es autosuficiente. Las fábricas y talleres fueron cerradas hace años y el monte ocupó ese mismo espacio. Los campos y animales, arrendados, y sus capacidades operativas disminuidas. Se cerró el quirófano y su capacidad se limitó a 1000 internos, y las historias de corrupción, muerte de pacientes, tráfico de órganos, opacaron su particular brillo con una disciplina cargada de estigmas oscuros y prejuicios.